Mientras todos vuelven a sus ocupaciones y el día sigue, el finado Canario Luna, recita un Brindis por Pierrot, desde el más allá: “¿No sentiste, Viruta a los muchachos? Dicen que ando solo, qué saben ellos... Ellos no saben que siempre al lado mío está el niño Calatrava, Raviol, que se nos fue hace poco. A solas sí... a solas, pero viviendo la vida, gozándola...”.
A continuación dos hombres, dos historias y un mismo lugar.
“Antes Del Viso era todo arboledas y verde, una hermosura”, comienza diciendo Oscar Osvaldo Gettig (56), que al año de haber nacido ya respiraba el aire de este lugar.
“Nosotros llegamos en el ’55, con mamá, papá y mis hermanos, somos de Crespo, Entre Ríos”, se presenta.
Primero vivió en el Km 44, sobre la calle Isaac que, según refiere este vecino, antes se llamaba Libres del Sur.
“Lisandro de la Torre estaba llena de eucaliptos hasta la Panamericana y en la calle Isaac los árboles juntaban sus ramas arriba y se formaba como un túnel”, evoca Oscar.
Padre de Fernanda (34) y Diego (33), el hombre atiende un comercio de venta de lanas e hilos.
“Antes había canchitas de fútbol por todos lados, los fines de semana se llenaba de gente. Ésta era zona de quintas, los que somos viejos de acá extrañamos un poco eso”, comparte mientras el sol de la tarde calienta las veredas y las pocas personas que caminan apenas se guarecen bajo la sombra de algún árbol que resistió los avances del progreso.
Otro de los conocedores de la fauna y flora de hace 50 años, es Osvaldo Rodríguez (56), quien compartió sus vivencias en su taller de bobinado de motores.
“Lo que ahora es la Ruta 26, a la altura de la calle Rosalía de Castro, estaba cortada, ahí había un cerco porque estaba la estancia de Rosagüe, el gobernador de Río Negro, después remataron todo y se quedaron con el casco de estancia nomás”, indica el hombre con entusiasmo.
“Me acuerdo que era todo bosque eso, también había una especie de laguna donde se sabía que existían vizcachas, pavos reales y flamencos”, cuenta del lugar ubicado frente a su casa.
También dice que antes de la Panamericana había todos bañados en su lugar.
“Nosotros íbamos a cazar ranas pasando el barrio La Loma”, evoca.
“Cuando era chico una vez vino Onganía, era el tiempo en que hubo problemas entre los colorados y azules (militares), vinieron regimientos de Corrientes y Córdoba y acamparon unos días en la estación”.
Por aquellos años frecuentaba una canchita de fútbol.
“Estaba justo en Rosalía Castro a media cuadra de la Ruta 26, que te repito no existía, cuando vendieron los terrenos fue terrible para nosotros”.
Los recuerdos se agolpan en la mirada, si parece que sus ojos proyectaran las imágenes de antaño.
“Con la barra del otro lado de la estancia nos comunicábamos desde arriba de los árboles: -Ey, vamos a jugar al fútbol, gritaban –Sí, les decíamos. Y ya se venían, pero había un casero que tiraba escopetazos, Don Rodríguez, primero había que gambetearlo a él”, sonríe.
Osvaldo asegura que junto con sus hermanos fueron los primeros canillitas del pueblo.
“Cuando falleció mi viejo, Antonio Carosia nos dio una mano para que podamos ganar unos pesos, yo tenía dos clientes, Tito Changala y Don Muso”.
Charlas sueltas, conversaciones en la vereda, en el negocio, entre clientes.
Pasado y presente en la puerta de las casas, mezclando las aguas mientras el futuro empuja un progreso que llegó atropellando al verde.
“La entrada vieja donde estaba La Botella, era la ruta 2014, doblaba por Florida; a 20 metros estaba el correo, que atendía la señora Rosita”, resuena la voz de Oscar Gettig.
“A la canchita del barrio venían Carita, Mario Andrich, Budeven Guillermo, Don Taguada, el negro Quiroga, Poli, Alberto Castro”, repasa Osvaldo.
Regresa bajito la melodía silbada del más allá por el cantor uruguayo: “Esta noche es de recuerdos, este brindis por Pierrot, quedan pocos Sabaleros aguantando el mostrador; Se van, se van se siguen yendo, cuesta abajo los sacude el viento como hojas de un sueño otoñal; Levanto mi vaso por las dudas, a veces la suerte me ayuda. Nadie golpea al zaguán”. Fin.