Bienvenida

“En el ’85 nos mudamos definitivamente a De Vicenso, empezamos con un emprendimiento comercial y acá estamos”, dice Hugo junto a su hija Nadia.

“La gente es la que me ayudó a estar donde estoy”


El barrio De Vicenzo es como una pequeña isla. Para conocerlo mejor hablamos con Hugo Rebagliatti (53), quien vive en el lugar hace más de 20 años y es padre de Pablo, Vanina, Nadia y Gabriel.

Del Viso son los barrios, las esquinas, pero también los grandes centros comerciales, la colectora y por supuesto la Panamericana. Justamente en un costado de la misma, a dos puentes de la ruta 26 (para el lado de Capital), se encuentra el Barrio De Vicenzo, una especie de oasis con 110 manzanas de verde y tranquilidad.

El Apogeo entrevistó a uno de sus primeros pobladores: Hugo Rebagliatti, quien empezó haciendo alambrados y ahora es propietario de una próspera ferretería muy conocida en la zona.

“La empresa CAMAR hizo toda la división de terrenos y le puso de nombre De Vicenzo en honor al jugador de golf”, dice de los inicios del barrio.

“Al principio venían las familias italianas con los nietos, tíos, hacían un alboroto bárbaro y se iban los domingos, un barrio típico de fin de semana; después se fueron dividiendo las quintas en terrenos más chicos”, continúa.

“Hoy vino gente bastante buena, se pobló y ahora es un despelote”, sonríe Hugo, mientras por la calle Jockey Club, a metros de su negocio, se concentra la gente como si fuera el patio de un colegio.

Rebagliatti es padre de cuatro hijos, asegura que la vida era muy distinta antes de que llegara la Panamericana.

Igualmente la memoria del hombre celebra simples momentos, volviéndolos inolvidables.

“Con el tema de la luz por ejemplo, los fines de semana teníamos que andar con el elevador al máximo, por ahí estaba todo bien y ¡zas!, la lamparita se iba apagando. ‘Uyyy nos quedamos sin luz, prendé las velas papá’”, recuerda con humor la escena familiar.

Así el crecimiento de la zona en los últimos años llegó para quedarse y convertir los pueblos en ciudades, mezclando la tranquilidad y el verde con las nuevas tendencias, los paseos de compras y cierta dificultad que tienen los funcionarios públicos de adaptarse a los nuevos tiempos.

“A partir del ’95 y hasta la fecha, De Vicenzo no paró de crecer, éramos 30 familias ahora somos más de 5.000 personas... pero con la infraestructura de treinta. Eso es lo único que vemos mal, no sólo yo, todos los vecinos, a este lugar no se le dio la importancia que realmente tiene, la clase política hizo lo justo y necesario como para decir: -Estuvimos presentes”, remarca y sigue opinando de la realidad y los sentimientos que lo unen con el lugar y sus pobladores.

“Al final, como en todo, terminamos haciendo las cosas los vecinos, eso da un poquito de bronca, por lo demás es un barrio tranquilo, muy lindo, principalmente lo que yo rescato es su gente, el agradecimiento por mi parte es muy grande, gracias a ellos mi familia y yo, pudimos crecer; más allá de las diferencias, que es algo normal, la gente es la que me ayudó a estar donde estoy”.

Convivencia, compromiso y progreso. Palabras que van de la mano en el relato de quienes aman el lugar donde viven. Sociedades de Fomento, crecimiento comercial ¿cuánto queda aún por descubrir?

El futuro espera a la vuelta de la esquina como un lindo desafío.

También su hija Nadia, quien además trabaja en el comercio familiar, dio su impresión y compartió gentilmente retazos de su historia.

“Cuando era chica me acuerdo que el puente de la Panamericana era de tierra, no existía la colectora, después cambió mucho; igual recién hace tres años empezaron a asfaltar en el barrio, me acuerdo que no había colegios entonces los vecinos juntaron firmas y se abrió el San Martín de Porros, ahí hice la primaria, el secundario lo hice en el Parroquial de Del Viso, pero a mí, no me sacás de De Vicenzo”, cuenta la joven de 23 años con una sonrisa que abre las puertas del lugar.

En la vida de cada uno descansa lo comunitario

Nuevos y antiguos pobladores, todos mezclándose, echando raíces y sembrando para después. Levantando una casa, participando en la construcción de lo colectivo.

Como si fueran pequeños puntos unidos por el tiempo y las coincidencias, las personas se vuelven identidad, barrio, país.

“Yo compré en el ’78, empecé a construir en el ’82, me acuerdo como si fuera hoy, que cuando pasó el problema de las Malvinas yo estaba haciendo los cimientos de mi casa”, recuerda en el final Hugo Rebagliatti.