Nota publicada en el Diario Regional de Pilar el 23 de marzo último, escrita por el Padre Luis Domínguez Guzmán, quien fuera durante muchos años el cura párroco de la capilla de Astolfi.
Al acercarse un nuevo aniversario
del último golpe militar,
siento la necesidad de pedir
perdón a todos mis amigos, mis vecinos,
mis alumnos, mi comunidad y mi
país. Lo hago en primerísima persona,
por lo tanto, nadie puede avergonzarse
o ruborizarse por estas palabras. Simplemente
siento que todavía no fueron
dichas y me siento protagonista de esta
fase de nuestra historia; y mi conciencia
personal, de cristiano adulto, de hermano
de tantos otros hermanos conocidos
y no conocidos, me impiden continuar
sin decirlas.
Pido perdón, por la Iglesia que se
comprometió con la dictadura.
Cuando vehicularon los idearios
macabros de la doctrina de seguridad
nacional, pensaron el ingrediente de
un dios que se haría “amable” con los
oscuros mecanismos de la muerte. Y
defendieron esas letras, las más malditas
de nuestra historia, hasta el final.
Por los manuales bendecidos, por los
rituales de lino finísimo, por los inciensos
silenciosos, por los tedeumes de
tan amargo canto gregoriano, por las aguas benditas cayendo sobre las armas
de tantos abyectos pretorianos, quiero
pedir simplemente perdón.
Sé que las palabras comprometen y
por eso las quiero decir. Mi generación
despertó sabiendo de los crímenes
como otros tantos compañeros y
compañeras cuando la década de los
80 nos hacía descubrir paso a paso lo
acontecido. El juicio a las juntas, los
testimonios de tantas víctimas y las voces
de los que no callaron, nos hicieron
crecer con esa deuda cada vez mayor
con nuestra sociedad: reconciliarnos
con ella con memoria, verdad y justicia.
Es justo decir también que dimos todo
por acorralar al neoliberalismo, razón
de ser del genocidio, acompañando al
pueblo cuantas veces pudimos, resistiendo,
organizando, concientizando,
alertando.
Hemos llorado todos los otros falsos
perdones, obediencias debidas, puntos
finales e indultos que vimos perplejos y
paralizados, muchas veces en soledad.
Pero el silencio y la complicidad de la
institución nunca nos dejaron dormir
tranquilos.
Esperé en vano que la conciencia del
cristiano llamado a pregonar el amor
al prójimo sacudiera las entrañas de
los responsables, seguí esperando que
los años, los recambios y las lecciones
pudieran arrancar una actitud tan
urgente como necesaria. En tiempos
de revisionismo histórico, esperé que
un 24 de marzo alguien dijera en voz
alta perdón. Lo merecen las madres,
los treinta mil, los militantes cristianos
caídos por defender la vida, los que
vieron a Cristo crucificándose en las
masas inocentes. Lo merece la propia
sociedad que, aún cuando no necesite
creer, sepa de instituciones ricas en
compasión, de grupos que no miren
tanto sus buenas imágenes sino que se
jueguen por la verdad.
Pido perdón por las reuniones de
camaradería, por las medallas, por los
favores devueltos a cambio de silencio,
por los cínicos valores del “occidente y
el cristianofacismo”, por los supuestos
trámites que dijeron haber hecho, por
los capellanes educados en la espada y
cómplices de la tortura, por los púlpitos
fogoneadores de inquisiciones, por la
teoría de los dos demonios, por las listas
nunca entregadas y por los templos
cerrados a los gritos de las madres de
los que no volvieron.
En este nuevo aniversario, hace falta
también recordar a algunos hermanos
que “por algo será” entraron los pies en
el barro y pagaron con su vida el precio
de comprometerse con los más pobres:
los padres palotinos, las Hermanas Caty
y Leonie, Angelelli, Carlos, Gabriel,
Wenceslao y tantos otros. Pido perdón
porque nuestros altares no los reconocen,
porque nuestro triste santoral descansa
sólo en cementerios, porque los
sumos sacerdotes olvidan “cuánta vida
se gana cuando se la pierde”.
Pido perdón, en fin, porque yo también
soy Iglesia y espero la hora de la
aurora en que la Memoria y la Justicia
sean dogmas de Fe.