...Y el barrio se mudó a la
ciudad, al menos por
un rato.
El escenario céntrico de la Peña del
Colorado, fue de Presidente Derqui en
el inicio de un otoñal Viernes Santo.
Los grupos de María Belén, Jano e
Iván Arismendi (del cual soy bajista),
acompañados de la lírica de Víctor
Koprivsek llevaron en una amplia
selección folclórica la identidad
cultural de nuestro pueblo, inundando
las calles porteñas de las voces de una ciudad de artistas que cada vez lucha
más por hacerse oír.
No voy a exagerar, no fue una
consagración, no aseguramos la fama
y los millones del materialista sueño
americano, simplemente estas líneas
quieren resaltar la unión, amistad,
humildad, comunión y el afecto con
un público desconocido.
La música, ahora un poco más
lejos de casa, nos entregó la magia
de las peñas locales y nos devolvió el
inolvidable e inexplicable sentimiento
de llevar el arte hacia nuevos
horizontes, buscando en cada nota y
acorde, transmitir todo eso que las
palabras no alcanzan a describir, esa
expresión del alma.
De esta manera el hecho artístico,
consumado, dejó de pertenecernos
para ser apropiado, reinterpretado
y transformado en sentimiento y
emoción de quienes nos dieron el
agrado de escucharnos.
Luego de los aplausos, el encuentro
musical nos regaló un final a toda
guitarreada, compartiendo juntos en el
escenario un eterno “Déjame que me
vaya”, para comenzar, entre asados,
acordes y anécdotas, una noche que
hizo de la gran metrópolis urbana un
pueblo, en las voces de sus artistas,
quienes finalizaron ruteando un
regreso a pulmón, pero con la alegría
de haber pasado por ese pequeño e
inolvidable momento que nos llena el
alma: la comunión de nuestro arte y
nuestra música, con el público.
Ojalá se repita.