Una historia ligada al apogeo de Derqui. Teresa Di Marino (86) y María Gracia Koprivsek (61), madre e hija, dueñas del almacén que funcionó del 1956 a 1985 en la esquina de San Martín e Iparraguirre. Siguiendo su huella, llegamos para quedarnos.
Artillería pesada. El pasado vive dentro del presente y seguirá latiendo mientras las mesas estén servidas, y los fideos de los domingos convoquen hijos.
Todo es historia. Las calles adquirieren dimensiones extraordinarias. Los patios susurran anécdotas para después. Porque el orgullo, amigos, viene de lejos.
Sangre que llega de aquellos sueños, abuela hermosa.
Por un lado, los Velárdez, con Romana a la cabeza, alojada para siempre en el sitio del alma. Junto a Dios.
Por el otro, los Koprivsek, llegados de los barcos añejos, de las tempestades sumas. Cuando el hombre contra el hombre y la guerra y el hambre.
Con todo eso, sacudieron los remolinos las ansias nuevas en los ojos del niño recién naciendo.
Ahora, dos mujeres, únicas y amadas, como el sol de cada día.
A ellas preguntamos ¿qué era “La Maringa”?
-Una despensa, almacén, boliche, había un poco de todo-, dice la abuela Teresa aún con acento italiano después de 60 años viviendo acá (cosas de la identidad).
“Primero empezamos vendiendo verduras, después hacíamos comidas, perdices al escabeche que el papá de Selva me traía cuando iba a cazar, lengua a la vinagreta”, continúa.
“Yo tenía 13 años y me acuerdo que llegaba del colegio y me sacaba el guardapolvo para ayudar a poner las mesas”, entra en escena la dueña del nombre con que bautizaron la despensa, “Maringa”.
Era el tiempo de las libretas, cuando la palabra valía más que la firma.
Gorosito, Barrios, Ortiz (que vivían donde ahora está Ana Bertazo), Nina, el italiano Mario, Mengoni, Canciani, la Tosca.
“Después llegó Coco Fernández, el doctor Fulco, que alquilaba al lado de La Chola”, cuentan.
“Fue cuando vendí la heladera”, aporta la abuela con precisión, “me acuerdo que la compró Roberto Polio”.
Todo lo que fue, revive en la voz de las mujeres.
“Desde los 9 años fui al club Derqui, no había nada más para nosotros, cuando llovía sacábamos el agua de la pista con secadores”, dice Maringa.
Luisa Carpegna, Susana Etcheverry, Zulema Guggia, la Tana Cerioni. Nombres que atraviesan el tiempo y perduran en la amistad.
“Después nos alquilaron el local y pusieron el primer PRODE de Derqui”, hilvana la abuela.
“Al tiempo compraron el fondo de comercio y lo llevaron a la estación, donde ahora está Mini Once”, dice la tía.
Después lo más cercano, nosotros. El torrente de tardes saltarinas, años de primos creciendo como hermanos y la barra primera, la cuadra.
Martita, Fernanda, Gaby, Guille, Paula, Pablo, Ernesto, Laura, Chatita, Vero.
No hay nubes que empañen este cielo. Bajo el ala de quien nos trajo, tibia es la siesta hecha de asombro. Llegamos del puro sacrificio de las abuelas. Cuando ser mujer era otra cosa. Y así anduvimos, entre estas calles creciendo. Viendo a las doñas detenerse en las veredas a intentar la vecindad. Porque la esquina es el barrio.
Mientras las letras se vuelven agua, tiemblan las calles de haberte visto.
Mirada risa, abrazo madre, hogar recuerdos, magia y canción.
Y la minuciosa tarea de velar por todos, el rezo firme de cada noche.
Derqui vale, en eso estamos. Hay que confiar.