Más educación

A un año de la muerte de su hija, Rubén Almirón reflexiona: “Sentados en nuestras casas no vamos a conseguir nada, mi hija era un ejemplo de persona”.

Derqui nunca olvidará a Sandra Almirón

Rubén Almirón (63) es un conocido vecino y comerciante de Derqui. El año pasado su familia sufrió una tragedia terrible: asesinaron a su hija mayor y el caso conmocionó a toda la sociedad.


> Por Victor H. Koprivsek

Pocho, como lo conoce el barrio, llegó a Derqui hace más de cincuenta años. “Cuando el agua del arroyo Pinazo era cristalina, 40 años atrás te hablo, el pueblo era otra cosa”, dice pausado.

Luego formó una familia y trabajó en fábrica, se iba a las 3 de la mañana y volvía a las 19 hs. “Hasta que la fábrica se vendió y entonces puse un almacén en la esquina de Rivadavia y O`Higgins, siempre fui un trabajador”, cuenta con los ojos cansados.

Casado con Lidia Cáseres, padre de Claudio, Héctor y Sandra Almirón.

“Mi hija era un ángel que no se merecía lo que le pasó”, repite con bronca. “Estudió la primaria y secundaria en el Copello, después siguió Magisterio. La verdad, le gustó el trato con los chicos, esa cosa tan maravillosa que se da entre alumnos y maestra”, recuerda en el living silencioso.

“Lo que podía hacer para sacar adelante a sus alumnos lo hacía, nadie puede decir que no dio todo en la docencia”, sentencia.

“Ella tenía por costumbre pasar por casa a la salida del trabajo, a tomar unos mates. Justamente esa tarde le dije: –Mirá que falta un mes para las fiestas-, era el 25 de noviembre del año pasado; al rato me llaman para decirme que le habían robado, no pensé lo peor porque a mí también me asaltaron dos veces, que sé yo. Enseguida me avisan que la habían baleado y estaba grave, fue algo muy triste Víctor, muy triste”, repasa mirándome a los ojos.

-¿Qué lo sostiene en pie, Pocho?
-Lamentablemente, tengo que decir que me sostiene en pie la bronca que tengo como padre de una hija asesinada cobardemente por la espalda.

Sandra trabajaba en dos colegios y con esfuerzo pudo comprar un terrenito con su esposo Walter y empezar a edificar una casa en el barrio La Alborada. Su muerte recorrió los noticieros y su imagen estuvo una semana en los canales de televisión. Mientras tanto, en las calles del barrio, el dolor era tan grande como el desconcierto.

“A nosotros no nos va a alcanzar la vida para agradecerle a la gente de Derqui todo lo que ha hecho para demostrarnos su cariño, acá la gente es buena, no nos merecemos que nos pasen estas cosas”, comparte el hombre.

“El intendente Zúccaro es el responsable del Distrito, él no se puede lavar las manos, una vida es una vida y no se la puede perder porque no se toman decisiones, en 24 marchas que vamos haciendo, pidiendo justicia, la sensación es que no conseguimos nada”, se lamenta.

-¿Sabía que en el barrio La Alborada la única escuela pública no tiene secundario completo y los chicos deben caminar más de 30 o 40 cuadras, hasta la Media 2 o la ENET, para poder completar sus estudios?

-Ahí está, eso tiene mucho que ver con todo lo que está pasando. Si no hay escuela ¿cómo solucionamos las cosas? Por eso te digo no sé cómo ven los políticos de acá las necesidades del pueblo.

“La gente tiene que participar más”, retumban en el cuarto las palabras del vecino.

“Sentados en nuestras casas no vamos a conseguir nada, lo que le pasó a Sandra tiene que servir para que hagamos algo, ella tendría que estar disfrutando de la vida y no en el cementerio, era un ejemplo de persona mi hija”, suelta al final de la charla.

Después de un saludo fraternal, la noche enciende grillos en la cuadra, y los pájaros que Pocho cuida -casi como un hobby-, descansan en el calor de la terraza.

Duele bastante encender el auto y partir por la calle de siempre, pero más oscura.

-Cambiemos todo lo que no nos gusta, por favor.